El Arquetipo y Yo



Jung señala en su libro "Arquetipos e Inconsciente Colectivo" que el "Archetypus es una paráfrasis explicativa del εἶδος (eidos) platónico". Es la Idea primordial, de donde provienen todas las ideas que el ser humano puede concebir. Por definición, el Arquetipo es inconcebible, sólo representable mediante símbolos que lo señalan desde diversas direcciones. Hay diversos "arquetipos" según Jung, pero todos remiten al Uno, el Self o Sí-mismo, asimilable a la noción de Mandala, Totalidad, Ánima Mundi, Dios, etc., distintas palabras para referirse a la "causa final" del proceso de individuación.

Esta idea es intrínsecamente paradójica.

Aclaremos que el Sí mismo como "causa final" no es un "producto", sino más bien el motor que mueve la dinámica global del proceso. Por eso Eugenio Carutti en "Inteligencia Planetaria" sugiere considerarlo un proceso de “Iniciación”, ya que la palabra “individuación” pareciera estar indicando una diferenciación progresiva del yo con respecto del mundo, mientras que lo que trata de definir Jung se acerca más a su contrario: «El sí-mismo es una unión de los opuestos por excelencia».


Para pensar la integración psicológica, podemos decir que en la medida que el Yo se acerca al Arquetipo del Sí Mismo, a través de la multiplicidad de sus manifestaciones, se está "alineando" con la dinámica del proceso de desarrollo vital. Al fundirse el Yo en el Sí Mismo, ocurre una transformación de la conciencia, un despertar a una dimensión superior, una apertura a un contexto más amplio, sanando grietas internas y re-uniendose con Dios o el Alma del Mundo, la Gnosis, o como se lo quiera llamar.

Por el contrario, también se puede decir que lo arquetípico es primordial y condicionante; el Yo en su desarrollo debería des-identificarse de los condicionamientos primitivos para poder expresar nuevas dimensiones creativas de Sí Mismo. Sin embargo esto cae en un sutil desprecio por la multiplicidad creativa de lo viviente, desconfiando de la potencia vital creativa que va más allá del Yo personal, como si la apertura a lo trans-personal tuviera que ver con un "mejorarse a sí mismo" o de alguna manera ser más grande y poderoso. Fundamentalmente, se está perdiendo de vista que no es el arquetipo en sí lo condicionante, sino el Yo individual el que está condicionado a vincularse con lo viviente de maneras predeterminada por la cultura en cuyo seno nace, la cual imprime en el sujeto cargas afectivas y valorativas heredadas en relación a cada patrón arquetípico.

Esto se relaciona con la problemática del juego dinámico entre Determinismo y Libre Albedrío: al respecto asumiremos un intermedio entre ambos polos, diciendo que "no todo es posible", ya que el Yo puede elegir y navegar responsablemente la totalidad, siempre dentro de un espectro de condiciones determinadas. Es imposible des-condicionarse completamente de los modos vinculares con lo arquetípico, o si esto ocurre tal vez sea a la hora de la muerte física.

De hecho al sintonizar el Yo con los patrones arquetípicos, el condicionamiento vincular puede diluírse, sólo para encontrarse con nuevas condiciones de juego. El despertar tal vez pueda inicialmente frustrar expectativas y marcos de referencia, dejándonos expuestos al dolor del abismo, desde donde podemos elegir saltar al vacío, dejándonos transformar y re-modelar por ello. Por otro lado, también podemos insistir en construír puentes para sostener la fidelidad a los deseos y valoraciones del linaje, sorteando así de algún modo el derrumbe que puede producir la frustración, pero esto no es meramente reactivo o regresivo ya que puede también permitir un cambio de posición subjetiva en la red vincular, para lidiar más creativamente con los patrones arquetípicos que nos atraviesan.

Para sintetizar, se puede utilizar la siguiente metáfora a modo de definición: el Sí mismo es la dinámica global de la conciencia que organiza el Centro y la Periferia del Mandala; el Yo es el conjunto de condicionamientos, identificaciones y valoraciones habituales, que permite cierto margen de puntos de vista. El Yo puede mantener grados variables de funcionalidad por integración o disociación con respecto a la dinámica vital de la totalidad, mutando la identidad a lo largo del tiempo, "migrando" por distintas regiones del Mandala.

El arquetipo de la totalidad, el Uno, se puede pensar en distintas subdivisiones, como en dialécticas, ternarios, cuaternidades, décadas, dodécadas, etc, hacia la integración de la multiplicidad. El "sí mismo" es como dijimos, la dinámica creativa que involucra a todas las fuerzas vivas, un motor teleológico, la "causa final" que moviliza el proceso de individuación/iniciación, de diferenciación e integración, como en la fórmula alquímica "solve et coagula", análisis y síntesis, entre lo múltiple y lo Único.

Cabe insistir en que así como un dibujo de una pipa no es una pipa, las representaciones del arquetipo no son el arquetipo, irrepresentable por definición. El símbolo siempre es representación de algo, es decir, señala en una dirección o indica un conjunto de formas de la realidad de la que formamos parte. Si tenemos un código lingüístico en común, podemos articular simbólicamente la percepción de imágenes que se graban en la mente o psique, emergentes del Sí Mismo, y cotejar nuestras percepciones a partir del contacto mutuo en la realidad para conjeturar posibilidades de acción. Mediante operaciones abstractas los seres humanos configuramos y transfiguramos lo inmediato de la experiencia; pero esa realidad "absoluta" y "eterna" de la que todos formamos parte por el hecho de tener en común lo humano, es en inevitablemente paradojal ante la mente, al ser inaccesible por el código simbólico a partir de cierto umbral de sensibilidad. Este límite cerebral está en el fondo de la imaginación, donde la lógica se vuelve progresivamente cada vez más difusa y en última instancia es irrepresentable caos en el vacío total. La experiencia de lo real está mediada por lo imaginario, sobre lo cual la articulación simbólica siempre deja un resto de significación que no se puede cerrar, como se dice en la frase “una imagen vale más que mil palabras”; quiere decir que por definición, el lenguaje siempre permite decir algo más acerca de un símbolo.

Los lenguajes simbólicos son matrices que organizan la totalidad y permiten dotarla de significado. Para aplicar un lenguaje simbólico hace falta una lógica circular, ya que el "círculo" es una representación relativamente simple de la totalidad. En la Astrología, al combinarse la flecha de la "línea de tiempo" aparente, con el círculo de representaciones del Arquetipo, se genera un tiempo en "espiral", que va reflejando los mismos principios arquetípicos en distintos niveles y matices. Diversos calendarios tradicionales, así como el I-Ching, el Tarot, las Runas, la Kaballah, etcétera, son lenguajes simbólicos que tienen una sucesión lineal a la vez que una estructura no-lineal o circular; diacronía y sincronía. Estas matrices de arquetipos pueden servir a la mente humana para pensar la Totalidad, organizándola de una manera en un conjunto coherente de principios primordiales fundamentales a la mente humana. Por estos motivos, es hermosamente admisible que existan diversas cosmovisiones que representan, cada una a su manera, esas ideas, principios, modelos o moldes primordiales/universales, los Arcanos, que a su vez, cobran significados nuevos y diferentes para cada uno y en cada nueva mirada...

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