Marte y Venus, danza y polaridad

En una pareja el deseo y el registro del otro (marte y venus) necesitan ir de la mano para que fluya eros, amor, pasión, cauce, danza creativa. Este abrazo genera un punto de apoyo para una sutil equilibración dinámica, un acompañamiento mutuo en el crisol de la realidad cotidiana, donde se funden y transforman las definiciones que cada quien tiene acerca de sí mismo y del mundo.

A medida que se comparte la propia percepción sobre los cambios que va habiendo en la realidad, cotejando el aquí y ahora con el allá y entonces, se reconocen las mutaciones que van ocurriendo en la identidad, se producen mutaciones en las definiciones sobre sí mismo y la realidad, y se encienden llamados a cambiar de ubicación dentro del sistema, tanto familiar como social. Cada quien encuentra y crea nuevas definiciones para sí mismo que le habiliten a moverse de posición relativa, habilitando el cauce de la textura y tensión creativa del momento presente. Si las definiciones que cada quien tiene de sí encuentran arraigo en la vivencia actual, se reconoce la potencia específica de cada quien y se facilita su plasmación concreta, su cristalización en nuevas realidades.

En lugar de este abrazo-danza dinámica entre los polos, pueden ocurrir polarizaciones que se viven conflictivamente como desequilibrio. Principalmente cuando no se habilita la transformación de las definiciones sobre sí mismo, y cuando no se respeta una nueva definición que el otro da. Esto puede traducirse en un intento de sometimiento del momento presente a una realidad previa anacrónica, una incapacidad para distinguir la diferencia entre ambos tiempos. También en un exceso o defecto de estima por el otro, en el sentido de que haya un desacuerdo en la apertura mutua al cauce de energía que genera el vínculo, así como una falta de respeto por la valoración que el otro hace de su propia capacidad y potencia, en sus propios términos. Por ejemplo, sobrestimar la capacidad del otro, insistiéndo en que "se debería valorar más", idealizando su capacidad, es una manera de descalificar la definición que el otro da de sí mismo. También es una sutil falta de respeto empujar al otro poniendole pruebas a ver si las supera, o insistiendole en que desarrolle y "mejore" eso que ya sabe hacer.

Hay un nivel de desafío que es vital y saludable para el desarrollo, pero es un desafío que lo trae la vida misma con sus mareas y que no necesita ser impuesto por el criterio de quien, en realidad, está caminando junto a uno en el tránsito por el mundo, acompañando en la mutua auto superación de las trabas personales y en el enfrentamiento con los propios miedos. En todo caso, hay uno que superó ciertas trabas y miedos con las que el otro se está enfrentando, y es la fijación de una jerarquía y el olvido de que esto ocurre en ambas direcciones lo que produce la disfuncionalidad del vínculo, que deviene en juegos de poder, dominio y manipulación de la sensibilidad del otro.

Ante estas dinámicas disfuncionales, que desconectan del momento presente y del pulso vital, lo que se puede hacer es aceptarlas como programas o guiones culturales más amplios que la voluntad de los participantes, y explorar sus repercusiones dramáticas mediante el juego y la exploración consciente de esos "personajes". De esta manera se logra des-identificar a cada participante del personaje ahora exteriorizado, y se habilita una reflexion, un volver a mirarse en el espejo, que genera una nueva imagen de sí. Esto libera una carga emocional y energética que ancla la corporalidad actual en sucesos del pasado que se están repitiendo, que constriñen como un dogma la percepción de cada quien del sentido en común y del patrón del flujo de la experiencia.

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