La libertad de expresión

Parece que a veces ocurre que en algunas mentes la noción de "autoridad" y "poder" sólo se ven unidas en la palabra "dictadura". Pero esta miopía en familia o amigos se filtra y nos permitimos faltarle el respeto al otro cuando se expresa con autoridad, especialmente sobre temas de política y religión. La sabiduría popular recomienda no poner sobre la mesa esos temas porque es como una provocación, sin embargo esta recomendación se basa en la premisa de la represión: guardarnos de expresar lo que pensamos y sentimos, o expresarnos auténticamente y sentir el rechazo o los ataques polarizadores que se suscitan polémicos en el sistema.

Lo problemático de que la expresión del sentipensar empoderado reciba como respuesta la agresión personal directa, tal vez se basa en una coraza protectora que tiene a uno tomado, que uno todavía no quiere soltar. Una coraza intrapersonal, corporal, de quedarse chiquito sin animarse a crecer y plantarse en una postura más intensa, o bien mental, de estar atado a marcos de referencia e ideologías que ya no te aportan... pero también interpersonal, una coraza social, un marco de pertenencia en el que te estás refugiando para no abrirte a la incertidumbre y la muerte emocional que implica la entrega y darle al mundo toda la potencia que tenés para dar.

En esto de expresarse auténticamente, hay polémica, porque se rompe el status quo, adentro y afuera. Pero si al poner sobre la mesa algo polémico y la respuesta es una pateada de tablero, es que al otro no le dio el corazón y reaccionó, no pudo jugar, se rompe el espejo y se abre la creatividad. Esa puede ser la hora del Artista, pero esto implica sin embargo que hay que poder levantarse e irse si no hay lugar para la propia expresión en esa mesa. La polémica pasa a ser, entre los que quedan, quién y cómo limpia los platos rotos. La propia polémica es bancarse la intemperie y la libertad.

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