El Rol de la Astrología en una Civilización en Crisis


Por Richard Tarnas. © Asociación Astrológica de Gran Bretaña, 03.02.2014
(Artículo Original. Traducción al español por Nicolás Boqué)



En un mundo que atraviesa una transformación tan rápida y fundamental en todos los frentes, ¿cuál es el rol que puede jugar la nuevamente próspera, aunque todavía marginalizada, práctica de la astrología – alguna vez considerada el estándar dorado de la superstición en nuestra cultura, aunque para los iniciados, sea capaz de iluminar de una forma única virtualmente cualquier ámbito de la experiencia humana? ¿Cómo podemos sostener esta paradoja? ¿Y cuál puede ser el rol histórico de la comunidad astrológica en sí misma, portadora de principios y perspectivas sobre la naturaleza y el cosmos, tan contrarias a los supuestos básicos de la corriente principal de la cultura?

Me gustaría agradecer a la Asociación por este honor – Roy, Wendy, el comité, y también a Nick Campion por invitarme a dar esta charla hace años, cuando no pude aceptar porque coincidía con el casamiento de mi hijo. Permítanme especialmente reconocer y recordar a Charles Harvey, querido amigo, extrañado profundamente, quien primero me trajo a la Asociación hace treinta y cinco años, a través de Giles Healey y su amistad con Charles y John Addey, quienes me visitaron en los años 1970s en el Instituto Esalen en California. Hablando de estos reverenciados amigos y ancianos, también siento con nosotros hoy la presencia de esa larga procesión de luminarias que ha dado lecturas del Carter Memorial antes que yo, algunos presentes en la sala esta noche. Y por supuesto, pensamos en Charles Carter mismo. 

En mi corto tiempo con ustedes ahora, quiero referirme a dos temas principales, para las dos mitades de mi lectura:
Primero, la posibilidad y necesidad de la astrología en nuestra era posmoderna;
Segundo, el rol especial de la comunidad astrológica en esta era, sus desafíos particulares, y asimismo, las demandas de su particular viaje iniciático. 

Parte I
Todos aquí sienten la particular y aguda paradoja de la astrología en nuestro tiempo: los astrólogos saben que su perspectiva provee una fuente de iluminación extraordinaria para virtualmente todas las áreas de la experiencia humana: biografía, psicología, historia política y cultural, ciencias sociales, arqueología, eventos contemporáneos, economía, filosofía, cosmología, religión, artes. Todos los que hemos sido iniciados en el paradigma astrológico poseemos una herramienta tremenda para la auto-comprensión humana, y una relación más inteligente y participativa con el cosmos.
Sabemos que la astrología debería ser considerada con alta estima en nuestra cultura, sin embargo tenemos la peculiar experiencia de vivir en una era cuando ha sido considerada por las autoridades intelectuales establecidas como la más baja y lamentable de las supersticiones. De hecho, es el estándar dorado de la superstición en nuestra cultura, exactamente adonde se apunta cuando se quiere subrayar la ridiculez de una creencia o práctica en particular. Excede los bordes del discurso plausible del paradigma de nuestra civilización: sin valor para una examinación racional, excede la discusión seria, cae debajo de lo despreciable.

Ahora, desde una perspectiva muy trascendental, tal vez esto es correcto y justo: ¿no ha sido siempre así con los más grandes tesoros espirituales? Están velados, ocultos, tan abarcativos, aún tan invisibles – abarcativos como el cielo estrellado nocturno, uno podría decir, y tan invisible como esas estrellas pueden parecer, desde las calles y edificios de una brillantemente iluminada ciudad moderna.
Y para nosotros personalmente como astrólogos, tal vez esta paradoja tenga un valioso rol psicológico compensatorio, contrapesando cuán inflado podría uno volverse como resultado de poseer un privilegio tan incalculable, de haber recibido con gracia un acceso tan sorprendente y detallado a los funcionamientos internos, la belleza pura, del anima mundi. Nos mantiene humildes.

“Porque este enorme desarrollo de nuestra brillante moderna conciencia solar, dejó afuera las profundidades, el misterio lunar, el alma del cosmos.”

Entonces sabemos dónde la astrología debería estar en la cultura, como ya se erige en nuestras vidas – sin embargo estamos agudamente al tanto de cuán lejos de ese merecido lugar se para. La tensión de opuestos entre estos dos polos difícilmente podría pintarse mejor. Sin embargo sabemos por Jung y también por Hegel, y por William Blake, que es precisamente de la tensión de los contrarios que algo extraordinario y sin precedentes puede nacer, algo nuevo que trasciende la oposición y trae la polaridad a una síntesis más elevada, más rica, más vital y enriquecedora, una coniunctio oppositorum. Pero conlleva hacer la tensión plenamente consciente, explorando y vivenciando profundamente, incluso dolorosamente, antes que lo que tenga que venir, venga – en la plenitud de su tiempo, y de un modo que ninguno de nosotros podría predecir.

También creo que la negación de la astrología por la mayoría de la sociedad en el curso de la era moderna puede ser visto como bastante comprensible en un sentido diferente, ya que como fue, y todavía es, ampliamente incomprendida y mal practicada, la astrología en un sentido debía ser rechazada para que emergiera la autonomía moderna del Self, de la mente individual y la libre voluntad y auto-responsabilidad, en un cosmos que no incorporara una estructura preestablecida de significados y propósitos. Esa estructura preestablecida de significado podía estar gobernada por Dios, el Rey, o las estrellas, e interpretada por autoridades externas, religiosas, políticas o astrológicas, pero en última instancia era un orden cósmico al que el Self debía alinearse o someterse. Por contraste, esta nueva, moderna forma de ser humano puede ser auto-definida en un universo neutral y radicalmente indeterminado.

Pero esta revolución sin precedentes de la conciencia moderna y la cosmología, también llevó al hybris del “Hombre” moderno, divinamente capitalizado y masculino, la más alta forma de inteligencia, lleno de propósito voluntario en el universo conocido, el ego monoteísta Cartesiano, en un cosmos desencantado, racionalmente calculando y explotando el objeto neutralizado, de un mundo vacío de significado intrínseco. Y eventualmente, en una especie de búmeran de la perspectiva reduccionista, hasta este exaltado hombre fue reducido a “nada más” que el azaroso evolucionar de la materia y energía, genes y neuronas, instintos y necesidades.

Y ahora por algo completamente diferente. Déjenme traer la brillante perspectiva de mi buen amigo y bien conocido filósofo inglés John Cleese. John es un intelectual de ropero, erudito en ciencias y muy psicológico. También es el Tramposo (original: Trickster), el bufón en la corte. El Tramposo puede decir cosas que nadie más en la corte tiene permitido decir – puede decir la verdad frente al poder, señalar la naturaleza de la nueva ropa del emperador, con la impunidad de la risa. A lo largo de más o menos la última década hemos hecho numerosas colaboraciones juntos, incluído un seminario memorable para graduados sobre la naturaleza del genio cómico, desde múltiples perspectivas, filosófica, psicológica, cultural y astrológica. Mientras él vivía en California, hizo un gran número de parodias, y me gustaría compartir esta, de menos de tres minutos de largo, que es relevante a nuestra discusión de hoy.
 

El Tramposo, ya sea en una sociedad o en la psique, actúa como una corrección compensatoria de la unilateralidad de los poderes que sea, la función del ego, el pretendiente del trono. Y en esta parodia vemos una encarnación de la sensibilidad posmoderna tardía en su mejor momento, el reconocimiento de la multiplicidad del ser, afilada de ironía, esa reflexividad perfectamente afinada por la que la mente moderna inadvertidamente eleva su propia posición. Se ríe de sí mismo como se ríe de los matones dominantes de la mentalidad de nuestra civilización, atrapando en una misma red tanto el fundamentalismo religioso como el científico, el literalismo simplista, y los cuentos absolutistas de las explicaciones mecanicistas que son transformadas en hechos científicos con un tipo de autoridad cuasi-bíblica para las mentes sencillas.

De paso, podríamos tomar este regalo del genio cómico posmoderno para reconocer un aspecto de la propia sombra de la astrología, esa necesidad de explicar, explicarlo todo desde su propio marco conceptual particular (“Ah, eso por supuesto se explica por tu punto medio entre Chiron/Nodo Sur en cuadratura a tu Vesta en Escorpio interceptada en la casa 12”)

El gran académico de Harvard y Berkeley, Robert Bellah, no mucho antes de morir este verano a los 86 años, publicó su ópera magna La Religión en la Evolución Humana, una de sus más brillantes contribuciones a la autocomprensión de lo humano en nuestro tiempo. Pero ya en una lectura que dio en aquel año milagroso de 1969, Bellah describió elocuentemente el desafío y la posibilidad llevada adelante por nuestros extraordinarios tiempos:

Podemos estar viendo los principios de la reintegración de la cultura, una nueva posibilidad de la unidad de conciencia. Si es así, no será sobre la base de ninguna nueva ortodoxia, religiosa ni científica. Tal integración será basada en el rechazo de cualquier comprensión unívoca de la realidad, de todas las identificaciones de una concepción de la realidad con la realidad en sí misma. Reconocerá la multiplicidad del espíritu humano, y la necesidad de traducir constantemente entre distintos vocabularios científicos e imaginativos. Reconocerá la proclividad humana a caer confortablemente dentro de alguna única interpretación literal del mundo y por lo tanto la necesidad de estar continuamente abierto al renacer en un nuevo cielo y una nueva tierra. Reconocerá que tanto en la cultura científica como en la religiosa todo lo que tenemos son símbolos, pero que hay una enorme diferencia entre la letra muerta y la palabra viva.

Y ahora quiero tomarme la libertad de compartir otro breve video, uno que tal vez nosotros los astrólogos apreciaremos en más niveles que lo que muchos podrían. Es un adelanto de un documental llamado “La Ciudad Oscura” (The City Dark) que los productores me han permitido amablemente compartir con ustedes aquí

The City Dark trailer: http://www.thecitydark.com/#/Trailer

Uno piensa en Heidegger (y estoy parafraseando): “Los mortales han convertido la noche en día, y el día en un estado de acoso y malestar.” Pero son los astrólogos especialmente quienes saben el significado mayor de este fenómeno, de esta parábola viviente: porque el cielo nocturno porta el significado más profundo del día. Revela el alma del mundo. Y Nietzsche, en Así Habló Zarathustra: “El mundo es profundo: más profundo que lo que el día puede comprender.”

Nuestra civilización, de todas las de la historia, es la más brillantemente, dinámicamente y ahora peligrosamente unilateralizada en el dominio solar, con una visión del mundo colectiva y un modus vivendi en el que la muy brillante luz del limitado cielo diurno regido por el Sol pone en sombra las muchas luces del profundo cielo nocturno regido por la Luna, trayendo claridad sobre el misterio, espíritu sobre el alma, como Hillman diría, iluminación solar trascendente sobre tierra sublunar inmanente, la cabeza sobre el cuerpo, arriba sobre abajo, orden centralizado sobre caos fértil, control ejecutivo sobre las impredecibilidades de la vida y la muerte, la parte sobre el todo, saber sobre no saber, certidumbre sobre incertidumbre, Self consciente sobre “lo inconsciente” (o más bien, sobre todo lo que cierta forma de conciencia solar no es consciente de): el individuo dirigido por su voluntariosa conciencia egoica por sobre la impregnación del anima mundi, el arquetipo del Héroe de las mil caras sobre la Gran Madre con sus propias mil caras.

Vemos esta extraordinaria potencia solar desarrollándose ya embrionariamente en la evolución de ese nuevo nexo de intencionalidad diferenciada y discernimiento, en el primitivo cerebro animal mismo, a partir de los tanteos de los organismos eucariotas en el Eon Precámbrico Proterozoico, y luego evolucionando, diferenciándose, fortaleciéndose y complejizándose más aún en vertebrados, tetrápodos, mamíferos, primates, homínidos, Homo sapiens – el Prometeico control del fuego, de las plantas y animales y la tierra y el agua, la capacidad para la simbolización lingüística y religiosa, luego cada vez más grandes, complejas y jerárquicas sociedades, rey y faraón en la cima de vastas pirámides sociales de mentalidad centralizada y voluntad identificada con un dios trascendente. Y luego esa dominancia solar se vuelve más explícita en la revolución del monoteísmo solar de Akhenatón en el antiguo Egipto, y el “Hágase la luz” del antiguo Dios Hebreo en el Génesis bíblico, hacia el Sol de Platón como la divina Razón, el Logos Solar, y luego hacia la Revolución Copernicana misma que ratificó cosmológicamente la dominancia solar, y la frase del Papa: “Las leyes de Natura y Nurtura yacían ocultas en la noche: Dios dijo, ‘Que Newton sea!’ y todo fue luz”. Luego – y este fue el giro crucial – la profunda identificación del hombre moderno con ese Sol brillante que todo lo ilumina, resplandeciendo la luz de la razón humana sobre el universo entero como con la visión del ojo de Dios, introyectando el Logos Solar y convirtiéndose en el Self heliocéntrico, desencadenado de la Tierra, elevándose sobre la naturaleza en el conocimiento objetivo, la predicción y el control, el ego monoteísta Cartesiano, el Iluminismo del eterno progreso del hombre consciente sobre la inconsciente naturaleza y el cosmos, y finalmente el estallido de la supernova de la modernidad.

Todas estas forjas que desencantaron el mundo moderno, dominaron por “la luz del día común”, un cosmos que, como reconoce Wordsworth, con el pasaje del tiempo dentro del “realismo” de la madurez moderna, ha perdido gradualmente sus profundidades, su interioridad, su integridad, su música, su numinosidad, y el sentido mismo.

Pascal ya veía esta emergencia a mediados del siglo diecisiete: “Estoy aterrorizado por el eterno silencio de este espacio infinito.”

Y para el final del siglo diecinueve, Nietzsche sintió todas las implicaciones. Declarando la muerte de Dios, por lo que quiso decir la destrucción del mundo metafísico, usó imaginería hiper-Copernicana para expresar el pathos de la condición tardo-moderna, con el horizonte de sentido que ha acompañado a la humanidad por milenios, ahora destruido:

“¿Quién nos ha dado la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué estábamos haciendo cuando desencadenamos a la tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Hacia dónde nos marchitamos?* ¿Lejos de todos los soles? ¿No estamos sumiéndonos continuamente? Hacia atrás, hacia el costado, hacia delante, en todas las direcciones? ¿Hay todavía un arriba y un abajo? ¿No estamos extraviándonos como a través de una nada infinita? ¿No sentimos la respiración del espacio vacío? ¿No se ha vuelto más frío? ¿No se cierra la noche continuamente sobre nosotros?”
(*N. del T.: juego de palabras en el original: “wither is it moving now? Wither are we moving?”; ‘Wither’, literalmente, marchitarse.)

Porque este enorme desarrollo de nuestra conciencia solar moderna ha dejado afuera las profundidades, el misterio lunar, el alma del cosmos. Pero este problema del desencantamiento no es sólo psicológico, filosófico, o espiritual. Es pragmático, en el sentido más global. ¿Por qué es tan importante la cosmología? Porque una cosmología es el contenedor de todo lo que ocurre dentro de una civilización – todo el pensamiento, los supuestos, las acciones, las estrategias, las economías y políticas, la ecología, la auto-imagen del ser humano, el propio rol en el esquema más amplio de las cosas en la específica situación en la que uno se encuentra. Una visión del mundo desencantado empodera la mentalidad utilitaria, para que la eficiencia y el control, el poder y el beneficio, se vuelvan los valores más altos que gobiernan la sociedad.

En un mundo tal, literalmente nada es sagrado, porque el todo ha sido desacralizado: todo puede ser objetivado y mercantilizado, antiguos bosques son nada más que leña en potencia, las montañas se vuelven proyectos de minería, las mentes de los niños son blancos del marketing. Nuestra relación con el universo se vuelve Yo-Ello, más que Yo-Tú. La necesidad de llenar el hambre espiritual de esta conciencia aislada cósmicamente, combinado con los imperativos del beneficio corporativo y la ambición personal, produce un frenesí tecnoconsumista que está canibalizando el planeta y amenazando con hacer estallar la Era Cenozoica en su totalidad. Ahora el cacareo del “Progreso” de nuestra civilización no parece tan grandioso. “Ahora no hablas tan alto, ahora no te muestras tan orgulloso…
 
Cómo se siente
Estar tan solo
Sin rumbo a casa
un completo desconocido
rodando como una piedra?
1
(Bob Dylan – Like a Rolling Stone)

¿Cuál es el impacto último del desencantamiento cósmico en una civilización? ¿Qué le hace al Self humano, año tras año, siglo tras siglo, experienciar la existencia como un ser consciente y con propósito, en un universo inconsciente y sin propósito? Ninguna civilización ha intentado este experimento antes, sostenerse con semejante visión del mundo. La amenazante pregunta de nuestro tiempo ha llegado: ¿Cuál es el precio de una creencia colectiva en la indiferencia cósmica absoluta? ¿Cuáles son las consecuencias de este contexto para el experimento humano, para el planeta entero?

Por tanto, la famosa profecía del gran sociólogo Max Weber, quien primero formuló el concepto del desencantamiento moderno del mundo:

“Nadie sabe quién vivirá en esta jaula en el futuro, o si al final de este tremendo desarrollo surgirán profetas completamente nuevos, o habrá un gran renacimiento de viejas ideas e ideales, o si ninguno, petrificación mecanizada, embellecida con una especie de auto-importancia convulsiva. Porque de la última etapa de este desarrollo cultural, bien podría decirse verdaderamente: ‘Especialistas sin espíritu, sensualistas sin corazón; esta nulidad imagina que ha alcanzado un nivel civilizatorio nunca antes logrado’.”

Todo esto es por lo que James Hillman afirmó, en su ensayo seminal “Anima Mundi: el Retorno del Alma al Mundo”

“Los movimientos de la ecología, el futurismo, feminismo, urbanismo, la protesta y desarmamiento, la individuación personal no pueden salvar el mundo por sí solos de la catástrofe inherente a nuestra idea misma del mundo. Requerimos una visión cosmológica que salve el fenómeno del ‘mundo’ mismo, un paso del alma que vaya más allá de mediciones de conveniencia a la fuente arquetipal del riesgo contínuo de nuestro mundo: la fatal negligencia, la represión, del anima mundi.”

Muchos años hace que Haridas Chaudhuri, el fundador de la escuela de posgrado donde yo enseño, el California Institute of Integral Studies, dijo que “…en nuestra presente era necesitamos una visión del mundo que tenga en cuenta los requerimientos fundamentales de la era, así como las aspiraciones básicas de la psique humana en evolución. Necesitamos una visión del mundo que muestre cómo nuestras más profundas aspiraciones están relacionadas a la estructura esencial del universo.”

Lo que Chaudhuri afirmaba como un requerimiento de nuestra era, es precisamente lo que la visión del mundo predominante en nuestra civilización no provee. De hecho la mente moderna ha echado de los tribunales a tal visión cosmológica, como fundamentalmente imposible en un universo que, entendido objetivamente, no tiene ningún sentido intrínseco o propósito más allá de lo que los seres humanos le aporten (esa es la visión moderna). O si el universo tiene sentido, es sólo uno de muchos, una interpretación puramente local, servil a necesidades culturales e intereses de poder (esa es la inflexión académica de la visión posmoderna).

Y aún seguramente esta es la gran tarea de nuestra era, desarrollar una visión moralmente coherente e imaginativa para el futuro de nuestra cultura que esté conectada al cosmos mismo.

La astrología porta esta preciosa conexión con el cosmos. Es una especie de llave de oro para salir de la jaula de hierro. Porta una corrección fundamental al desencantamiento del cosmos y la alienación. Pero esto nos trae de vuelta a la paradoja donde empezamos, porque si la astrología es la llave de oro al reencantamiento del cosmos, es también, como vimos, el estándar dorado de la superstición.


Parte II

Y aquí comienzo la segunda parte de mi lectura, y quiero introducir la idea de comunidades “heroicas” y su rol crucial en el mundo posmoderno – y al mismo punto, su rol crucial para la visión del mundo posmoderna; o más bien falta de visión del mundo, siendo que todo está en cambio radical, incoherencia e incertidumbre.

Por “heroicas” quiero decir comunidades que estén conscientemente orientadas hacia un marco de valores, o una visión de lo verdadero y lo bueno, que desafíe fundamentalmente la del promedio de la sociedad. Aquí quiero incluír comunidades de aprendizaje como la Asociación Astrológica, y la misma comunidad astrológica internacional; así como el CIIS donde enseño, y comunidades como los Bioneers, los institutos Junguianos, las escuelas Waldorf Steiner – así también Esalen en Big Sur donde viví y trabajé por muchos años, y Findhorn en Escocia, Damanhur en Italia, Schumacher y Emerson College en Inglaterra, Auroville en India, Naropa en Colorado, Omega y el Open Center en Nueva York, el Instituto para las Ciencias Noéticas, la Asociación Transpersonal Internacional, la Red Científica y Médica, y más. Incluyo obviamente aquí las comunidades no-locales, tan significativas en nuestra era digital y conectada. Y además, finalmente, incluyo comunidades atemporales, que se extienden hacia atrás en el tiempo, a través de los siglos, dándonos raíces, inspiración, incluso comunicación en diálogo.
Tenemos una necesidad absoluta de comunidades que puedan sostener juntas el enorme acto de la imaginación, intelectual y espiritual, que pueda vivificar y participar co-creativamente en el re-despertar de una cosmología significativa para nuestra civilización.

Pero “heroica” suele referirse a individuos muy distinguidos del grupo, de la comunidad. Ciertamente, estoy tomando el término “heroico” de la discusión del filósofo de Oxford Charles Taylor en Fuentes del Self, de esa profunda tradición en Occidente de postura heroica, sea la del filósofo individual como Sócrates o la del profeta individual como Isaías, que define una visión moral en agudo contraste con la de la comunidad más amplia, y a pesar muchas veces del intenso antagonismo social. Las tradiciones espirituales e intelectuales fundamentales de nuestra civilización, provenientes de Grecia y la antigua Israel, han fomentado la postura heroica individual, que rompe con la comunidad histórica, la tribu de Israel, la polis de Atenas. El profeta Hebreo y el filósofo Griego experiencian una relación directa e individual a una fuente superior de saber, un dominio trascendente de significado, valor y propósito, trayendo adelante una visión que es experienciada como superior al consenso colectivo, y tal vez necesaria para el futuro de la sociedad.

En un sentido, vemos aquí a los antiguos Griegos y Hebreos avanzando hacia la fusión del ideal del heroísmo y el ideal de la sabiduría (visión espiritual, intelectual y moral): así la transformación que vemos de Aquiles a Odiseo en las épicas de Homero, después a Edipo en las obras de Sófocles, y finalmente a Sócrates en los diálogos de Platón. Similarmente a los tempranos reyes guerreros de Israel a los grandes profetas como Jeremías y Ezekiel e Isaías, y a Jesús mismo.

El gran giro histórico que trajo esas revoluciones de la conciencia en Grecia e Israel durante lo que Karl Jaspers llamó la Era Exial tuvo lugar en India y China al mismo tiempo, con los Upanisads y el Buda, Mahavira, Confucio y Lao-tse. El profeta en Israel y el Filósofo en Grecia fueron en paralelo al místico en India y el sabio en China. En cada caso, el espíritu individual atravesó las arcaicas jerarquías político-religioso-cósmicas del rey-dios y por lo tanto conectaron a los individuos directamente con una fuente superior del saber y la existencia.

Pero el individualismo heroico fue especialmente nutrido y pronunciado en la tradición Occidental, visible en la intensa relación jurídica del individuo ante un Dios históricamente comprometido, en el Judaísmo y el Cristianismo, de Abraham a Moisés a Pablo y Agustín, culminando en Martín Lutero y la Reforma Protestante. Y este individualismo heroico en Occidente también fue incitado, de acuerdo al acento Griego, en una forma de individualismo democrático-racionalista, y un juicio intelectual independiente enraizado en un principio superior de la mente, analizando críticamente el mundo empírico. Estas dos corrientes de raíz Helénica y Hebraica, con su clímax en la Revolución Científica y la Reforma respectivamente, ayudaron a dar a luz la edad moderna y el espíritu moderno.

Con la modernidad vino la emergencia decisiva del Self individual en un mundo objetivo. Y fue esta forma moderna de un individualismo heroico radical – del sujeto Cartesiano, racional y egoico, en un universo objetivado y neutralizado – lo que produjo la situación en la que nos encontramos hoy. En retrospectiva, podemos ver que el peculiar logro de la forma distintivamente moderna del ‘profeta-filósofo’, es decir el científico, era discernir una verdad nueva y superior, más allá de los viejos mitos y supuestos, y quien a través de su razón individual poderosamente desarrollada y sus herramientas Prometeicas – telescopio, microscopio, ecuaciones – trajo una cosmología vasta y nueva que dio vuelta completamente la antigua visión del mundo, espiritualmente informada, que siempre acompañó la experiencia humana.

Y es precisamente esta situación en la que nos encontramos hoy que requiere no sólo individuos heroicos sino comunidades heroicas. Porque en un universo desencantado, no podemos como individuos aislados, avanzar con una cosmología de sentido y propósito. No podemos sostener el tremendo acto de imaginación participatoria, co-creativa, que pudiera permitir la constelación de una cosmología con alma, en una civilización que ha anulado el anima mundi y apropiado al Self humano toda el alma, el espíritu, la mente, el propósito y el sentido del cosmos. Sólo podemos realizar este gran acto desafiante de una nueva visión axial en comunidades. El individuo no puede hacerlo solo.
En parte esto puede entenderse en los términos del análisis perceptivo de Charles Taylor concerniente a la necesidad de marcos de trabajo con significado y valor, de ese ‘espacio moral’ dentro del cual nuestras identidades se fundan y orientan. Sostener tal espacio moral o marcos de referencia requiere la posibilidad de comunicación y sentidos compartidos en comunidades. Incluso los héroes no pueden sin una comunidad. Como lo puso Taylor, “Tomar la postura heroica no significa permitirse dar un salto más allá de la condición humana.” Mi individualidad se define y nutre y forja sólo en una comunidad de otros individuos con los que estoy en relación dialógica.

Pero quiero extender este análisis para decir que no sólo el individuo necesita una comunidad para articularse y actualizarse, hoy nuestra civilización necesita un nuevo tipo de comunidad heroicamuchas comunidades heroicas – para su futuro y el futuro del planeta. Porque es necesaria una transformación de la psique colectiva misma. Como dijo Jung en su famosa descripción de nuestro tiempo como kairos – el momento propicio para un recambio de dioses, una transformación de los principios fundamentales y símbolos – el futuro del mundo depende del estado rápidamente cambiante de la psiquis humana.

Hoy estamos teniendo que evolucionar y discernir, a través del rigor y la imaginación, un nuevo cosmos dentro del cual nuestras acciones humanas y pensamientos serán tan coherentes como mejoradores de la vida. Sólo una comunidad puede sostener el espacio para semejante transformación, para la emergencia y articulación de una nueva – y en un sentido, antigua – cosmología. Las intuiciones y afirmaciones heroicas individuales no pueden triunfar en esta tarea por su cuenta.

Sin una comunidad no puede haber articulación, porque no hay un lenguaje común, como dijo Taylor, una matriz dentro de la cual forjar nuestra identidad y encuadre de significado. Pero más que esto, una comunidad también provee el necesario “espacio de contención” emocional y espiritual para que unos y otros vayan profundamente a conectarse con el piso de significado que no está siendo reconocido por el cosmos externamente y culturalmente validado. Porque el viaje suele ser difícil y peligroso, tanto psicológicamente como de todas las otras formas. La verdadera heroica solar no sólo asciende, también debe descender, hundirse como el Sol, el día muriendo dentro de la noche, para renacer en el oscuro crisol de la profunda psique. Así el viejo Self es deconstruído, para ser transformado, permitiendo la unión de lo solar y lo lunar en el alquímico hieros gamos, o matrimonio sagrado. Tal profundo proceso requiere que los individuos sean contenidos cariñosamente en comunidades.

Así que de una manera, tenemos que sobreponernos a la postura heroica del hazlo-tú-solo que se remonta a nuestras raíces ancestrales y nuestros fundamentos modernos. Pero en otras maneras, necesitamos absolutamente esa postura heroica, del profeta y el filósofo y el científico, pero necesitamos hacerlo en una comunidad, en comunidades amadas, para usar la frase del filósofo Josiah Royce.
Podríamos decir más sobre esto, pero ahora debemos avanzar hacia un punto más crítico: Muchos de nosotros rememoramos la excitante lectura de John Addey en el Carter Memorial de 1971, Astrología Renacida, con su famosa declaración de que parecía que la astrología estaba a punto de asumir una vez más un rol casi central en nuestra cultura y en el pensamiento científico. Y en un sentido esta convicción y esperanza sigue siendo verdadera y valiosa. Pero en otro sentido, este gran renacer de la astrología no emergió rápidamente tal como tal vez John y Charles y muchos otros sintieron que ocurriría en ese momento, como si estuviéramos en la cúspide misma de la amplia aceptación y reconocimiento tanto por parte de la intelectualidad cultural como de la sociedad en su conjunto: virtualmente demostrada por investigación estadística masiva y test de doble ciego, y acompañada por la rápida evolución psicoespiritual y el despertar de la elite intelectual.

Pero el misterio de la astrología fue más profundo, más complejo, más sutil, más vincular que eso, y las estructuras de la caparazón del Self moderno, diferenciado del cosmos con alma, fueron más resistentes que eso. Y podríamos decir que el viaje de la astrología y de la comunidad astrológica misma a través de su transformación subterránea, su exilio cultural, su negación externa y gestación interna, iba a durar mucho más. Y bien así es tal vez como debería ser.

La erudición debía profundizarse y expandirse, debía haber muchísimo más rigor crítico, más reflexividad filosófica y autoconciencia epistemológica, más traducciones y mejor comprensión de los textos de las varias tradiciones, mayor precisión de las colecciones de datos natales, más erudición bibliográfica e histórica, una lenta pero definitiva re-entrada en la academia y la educación superior, una profundización en la integración de la psicología profunda, de la psicología arquetipal y la psicología transpersonal, de la teoría feminista y el pensamiento posmoderno, una comprensión más sofisticada del simbolismo arquetipal, los complejos, poderes y dioses.

Necesitamos absolutamente comunidades que puedan sostener… el renacimiento de una cosmología significativa para nuestra civilización.

Y tal vez nuestra civilización misma y el mundo ha debido descender más profundamente en su gran crisis iniciática, su encuentro con la mortalidad en una escala planetaria, con la responsabilidad del Homo sapiens y de la modernidad por la catástrofe ecológica de nuestro tiempo, enfrentarse con su sombra, la crisis de significado, la deconstrucción de su antigua identidad.

No sabemos cómo se desplegará esto, ni para la astrología ni para nuestra civilización. Es tan incierto. Con todo, sabemos que la incertidumbre es esencial para cualquier verdadera y poderosa transformación iniciática. Nada reconfigura los valores existenciales más que el encuentro con la propia mortalidad, y uno no puede fingir una experiencia cercana a la muerte. El riesgo debe ser real.

Entonces parece que la comunidad astrológica necesita promulgar tanto un rol solar y un rol lunar en este momento crucial de la historia: necesita traer a la cultura la claridad de la iluminación de los profundos misterios del cielo nocturno, el anima mundi, el inconsciente, el interior del cosmos y las profundidades de nuestro propio ser, portando una especie de luz profética de comprensión profunda. Y también debe servir como una comunidad nutritiva para sí misma, proveyendo un recipiente donde los individuos puedan encontrar su propia visión del anima mundi que ha sido tan negada por la mentalidad predominante.

Más aún, debemos ser conscientes del potencial sombrío de cualquier comunidad heroica, de convertirse en un culto, sin crítica, uniforme, embargada y aislada: entonces la comunidad astrológica debe esforzarse para ser una matriz pluralista de individuación genuina para sus muchos miembros, más allá de cualquier dogma totalizante. Mi propia orientación está apoyada en la tradición arquetipal de Platón, Pitágoras y Kepler, con Jung y Rudhyar, Carter y Ebertin, Harvey y Hand, Arroyo y Greene como guías especialmente valiosos. Pero hay tantos nobles modos de revelación astrológica: Helenística, medieval, horaria y adivinatoria, Árabe, Jyotish, Uraniana, cosmobiológica, harmónica, chamánica, psicológica, y más. Todas constituyen esta gran comunidad.

Y la comunidad astrológica debe también ser externamente porosa, abierta al mundo más amplio, construyendo puentes hacia aquel mundo siendo comprensible e involucrada relacionalmente, no encerrada en una jerga estrecha de vocabulario abstruso. Debemos buscar ser competentes e incluso excelentes en otros campos más allá del astrológico – como historiadores y biógrafos, terapeutas y médicos, como economistas, filósofos, sacerdotes, rabinos, ministros, físicos, astrónomos, gente de negocios, trabajadores sociales, organizadores comunitarios – para que nuestra articulación de la astrología porte credibilidad en la cultura más amplia y sea más potente, eficaz y valiosa. Nuestro diálogo continuo con la totalidad – el principio solar heroico de la astrología rodeado por la matriz lunar de nuestra cultura – a su vez nos mantiene en crecimiento, con auto-crítica y auto-revisión, tanto como nosotros individualmente necesitamos la contención de las relaciones para actualizarnos, tanto como para trascendernos a nosotros mismos.

Así que no podemos hacerlo solos – ni como individuos, ni como comunidad, ni siquiera la vasta comunidad astrológica misma. Hay muchas diversas comunidades heroicas que llevan sus tareas especiales en estos tiempos críticos. Y sin embargo la comunidad astrológica tal vez porta un regalo especialmente crucial, un regalo cósmicamente sanador, sanando la ruptura entre el cielo y la tierra, entre la psique y el cosmos, entre lo interno y lo externo, entre el Self y el mundo, con una comprehensividad única, precisión y profundidad. En definitiva, lo que la comunidad astrológica hace para sus miembros individuales – conteniendo un espacio para nuestro aprendizaje, nuestra búsqueda, nuestra transformación, nuestra iniciación – es un reflejo de lo que hace la astrología en su reconocimiento de un cosmos con alma para la comunidad Terrestre: contiene el espacio cósmico mismo, como una matriz numinosa dentro de la cual nuestra civilización y especie puede atravesar una crisis planetaria y un umbral de transformación, como una iniciación dentro de un más amplio cosmos con alma, volviendo a la comunidad de la vida como una participación co-creativa en un misterio más amplio en evolución. La Astrología nos abre a un sentido de confianza y fe en una coherencia de significado cósmico, a un universo cuya asombrosa orquestación incesante de arriba y abajo sugiere que en cierto sentido cuida  a esta Tierra, y ciertamente a cada individuo, cada momento. No somos una rareza aislada de conciencia en un universo azaroso e inconsciente, una mota de polvo buscando sentido en un vasto vacío cósmico. Somos participantes en algo mucho mayor, un cosmos con vasto sentido y propósito. Con ese piso de confianza en el universo merecido para nosotros por la revelación astrológica, podemos tal vez servir como una presencia sutilmente sanadora y centradora para la comunidad humana más amplia, mientras todos experimentamos la profunda transformación iniciatoria de nuestra era.

1 © 1965 Warner Bros. Inc.; renewed 1993 by Special Rider Music

Richard Tarnas es profesor de filosofía e historia cultural en el California Institute of Integral Studies (CIIS) en San Francisco, donde fundó el programa de posgrado en Filosofía, Cosmología y Conciencia. Es el autor de La Pasión de la Mente Occiedntal, una historia del pensamiento Occidental desde la antigua Grecia hasta la posmodernidad, ampliamente utilizado en universidades, y Cosmos y Psique, que recibió el Premio al Libro del Año de la Asociación Científica y Médica del Reino Unido. Anteriormente presidente de la Asociación Transpersonal Internacional, está en la Junta de Gobernadores del Instituto C. G. Jung de San Francisco.

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